![]()
Recital : Jarvis Cocker en Buenos Aires
Marzo 12, 2008
Era el año 1998 (casi recién estrenado) y había visto el mejor recital de mi vida. U2 –todavía entonces una banda coherente– llegaba por primera vez a la Argentina y, además de todo (llámese fanatismo, llámese admiración o el más extremo respeto) dieron un show increíble, memorable, incluso para alguien que corría con unos 40º de fiebre y por poco no logra retenerlos antes de salir -sonriente, eso sí- del estadio de River Plate.
Es el 2008 (casi recién estrenado) y vi el segundo mejor recital de mi vida. Algunos detalles lo separan de aquel glorioso, omnipotente U2, con un Bono (o Paul Hewson, según su confianza) que repartiera medialunas fuera de su hotel: unas 43 mil personas menos en la audiencia y unos proporcionales metros cuadrados menos de estadio; una excéntrica pantalla gigante que no fue reemplazada siquiera por un TV de 14″; cientos y miles de luces hi-tech (lo que incluye una enorme, fastuosa bola de boliche con forma de limón) reemplazadas por unos cuantos previsibles tachos Par.38 o .36 y algún que otro artefacto un poco más moderno.
Fue Jarvis Cocker, o J.C. como prefiero decirle (“I am not Jesus, though I have the same initials”, aclaró alguna vez). En “La Trastienda”, un elegante pero -después de todo, pese a todo- modesto lugar, con su breve escenario, sus pocas luces, su consola de sonido que no debe superar unos… ¿qué? ¿24 canales?
Pero ojo, no estoy siendo fanático. Fueron cuatro temas. Fueron cuatro temas los que me dejaron sin palabras, sin aliento, completamente desconectado del mundo -completamente, dice alguien que siempre teme al qué pensarán. Con la boca abierta y los ojos aún más abiertos -algo que, siempre, me pareció el más claro indicio de idiotez en cualquiera.
La boca abierta, los ojos abiertos… J.C. me convirtió, al menos por un rato, en un absoluto idiota. Lo hizo con “Heavy Weather”. Aunque sí, algo me molestó mucho y muchísimo, y era el baterista (no sé mucho de esto, pero creo que uno muy bueno) marcando los 4 beats con su palito constantemente, como si Jarvis no supiera dónde atacar con su guitarra. Luego del recital (aún maravillado) vi algunos videos en internet… y… me da mucho miedo pensar, suponer, viendo algunos (en particular, uno en el que cantaba el mismísimo tema, en el que no había nadie que le marcara el ritmo, pero él lo hacía con su cabeza, como perdido) que en realidad Jarvis necesitaba esos cuatro palitos molestos golpeando contra el borde de… ¿el redoblante? No recuerdo cuál era. Pero era muy molesto. Podría haber sido mágico, si no hubiése sido por eso.
No importa. Estuvo “I Will Kill Again”, y creo que me llevo este tema (la imagen, el sonido, la sensación) hasta la tumba. Dijo, antes de empezar, que era un tema sobre alguien que creía ser bueno pero no lo era: él. Apenas un piano, apenas su voz, apenas (de esto se tratan los recitales) unos mínimos, sutiles, perfectos arreglos en las dos guitarras que lo acompañaban. Por estas cosas uno (yo, al menos) va a ver recitales: para sorprenderse. Para escuchar cómo el mejor tema de su disco debut, “Jarvis”, podía ser aún mejor, con tan sólo… eso: unas guitarras mínimas, lejanas, potentes. Para qué decir que estuve todo el tiempo totalmente, felizmente idiotizado y maravillado por algo tan pero tan simple que no podía ser verdad.
Y después, luego de una excelentemente cómica introducción (al menos para quienes sabemos inglés) llegó “Disney Time”. Una vez más, pensé que de esto se trataba todo: de mejorar lo imposible. Y llegó un arreglo en el piano, que en la versión del disco -claro- no existe, y me maravillé todavía más. Clap clap.
Y tiempo después, llegó “Black Magic”. En lo esencial, fue como el tema en el disco con bastante más volumen y bastante más potencia. Pero claro, hablamos de J.C., y se despacharon (él no tocó ningún instrumento excepto la guitarra mencionada en “Heavy Weather”) con una zapada tan increíble que uno deseaba que nunca, nunca terminara. Claramente era el momento del baterista, quien -creo yo- terminó el asunto cuando él así lo quizo, haciendo un rebaje y un gran finale propio. Y se fueron del escenario, y él (batero) tiró los palitos al público, y me dio miedo que -como legítimos ingleses- nunca más volvieran al escenario.
Eso fue la pausa.
Pero volvieron. Con un tema con batería sampleada (o, mejor dicho, elementos sampleados, porque el baterista hacía lo suyo también) y estuvo bien, pero… no era Jarvis. Supongo, sin saberlo realmente, que era uno de los temas que hizo para Harry Potter, un tanto electro pero con sus guitarras correspondientes.
Y después (o “pero después”, debería decir) preguntó si queríamos cantar algo que todos supiéramos. Yo ya sabía que no iba a hacer nada de Pulp, y más aún cuando ví que en el break/interludio un plomo corrió a pegar las letras de una canción de varias páginas en el piso. Pero, confieso, aún así un poquito (digamos que un 1%) de esperanzas tenía.
Así que preguntó si queríamos cantar algo conocido. Claro que todos dijeron “yeah”. Y, efectivamente, se despachó como despedida (de un set que, calculo yo, no tuvo más de 12 o 14 temas, que valieron por 30 eso sí) con un cover del tema de The Kinks “Lola”. Me dieron ganas de decirle por lo bajo que los Kinks, por acá, no era algo que todos conocieran. Pero estuvo genial igualmente, y canté lo más que pude.
Coreamos, cantamos. J.C., cual director de orquesta, manejó a la banda… con un gesto sutil (haciendo el gesto de cortar el cogote) indicó que bajaran… cantamos, gritamos… y después, con sus manos, fue levantando el ritmo hasta que todo explotó de nuevo, como había pasado en Black Magic.
Y se fue del escenario. Los músicos siguieron tocando un buen rato, zapando. Hasta que, una vez más, el baterista marcó el final.
Eso fue todo. Final feliz, que le dicen. Sin limón gigante, sin una sóla chica que subiera a bailar con él, sin Madres de Plaza de Mayo ni videos ni nada de nada.
Quizás, eso sí, con unas gafas bastante excéntricas. Pero que, aparentemente, ven mucho más.